Cuando un niño atraviesa el proceso final de su vida, quienes lo aman suelen entregarse por completo a su cuidado: es el amor en su forma más pura. Sin embargo, en medio de esa dedicación absoluta, muchas madres, padres y otros familiares dejan de lado algo igualmente esencial: su propia salud física, emocional y espiritual. Aunque sea difícil en esos momentos, el autocuidado no es un gesto egoísta sino lo que les permite seguir presentes y disponibles para acompañar.
Aunque en esos momentos pueda parecer secundario, el autocuidado no es un acto egoísta. Es, en realidad, lo que sostiene la presencia, la claridad y la capacidad de seguir acompañando con amor, sensibilidad y fortaleza. Cuidarse también es parte del cuidado.
El primer paso puede parecer sencillo de nombrar, pero es, muchas veces, el más desafiante de practicar: permitirse sentir. Quienes acompañan a un ser querido en esta etapa atraviesan una amplia gama de emociones, a veces incluso contradictorias. Tristeza, cansancio, miedo, culpa, y también momentos de alivio o de alegría en medio del dolor. Todas ellas son válidas y merecen ser reconocidas.
Darles espacio, ya sea al compartirlas con alguien de confianza o al ponerlas en palabras por escrito, ayuda a aliviar esa carga silenciosa que muchas veces acompaña al cuidado. Las personas cuidadoras también necesitan ser sostenidas: tienen derecho a sentir, a expresarse y a ser escuchadas.
El autocuidado no exige grandes cambios ni esfuerzos extraordinarios. A menudo, se sostiene en gestos simples: descansar, alimentarse bien, hacer una pausa breve durante el día, salir a caminar o regalarse unos minutos de respiración consciente. En medio de una situación tan demandante, estas acciones pueden quedar relegadas, pero recuperarlas es fundamental. Son pequeñas anclas en lo cotidiano que ayudan a sostenerse y a recordar que la propia vida también merece cuidado, atención y presencia.
Compartir el peso inevitable de cuidar a un niño en proceso final de vida, o a otros seres queridos, también es una forma de cuidado. Involucrar a más integrantes de la familia, distribuir responsabilidades y aceptar ayuda concreta puede hacer el camino más llevadero y sostenible en el tiempo.
Ampliar las redes de contención es igualmente valioso. Conectarse con otras familias que atraviesan situaciones similares puede ofrecer un gran alivio. Aunque cada experiencia es única y no sigue un camino lineal, reconocer emociones compartidas ayuda a sentirse menos solo y se convierte en una manera importante de cuidar la salud mental y emocional.
En Casa Khuyana comprendemos que el cuidado no se limita al niño en proceso final de vida, sino que abraza también a quienes lo rodean y lo sostienen. Cada uno de ellos necesita un espacio de contención, orientación y presencia, donde pueda transitar este momento tan significativo con el mayor bienestar posible.
Mientras nos preparamos para recibir a los primeros niños y sus familias en nuestro hospice pediátrico, pensamos también en quienes cuidan: en la necesidad de que ellos tengan un lugar donde ser vistos, escuchados y sostenidos.
Porque cuando una madre, un padre o un familiar se permite unos minutos para respirar, no se aleja: se vuelve a encontrar consigo mismo para poder estar de una manera más íntegra y presente al lado de su hijo. Cuidarse es profundamente humano, y procurar el propio bienestar para acompañar a un ser querido es, también, una forma de amor.