«Lloro cuando salgo a pasear con mi perro, porque ahí nadie me ve». Esa frase se suele escuchar en los consultorios profesionales donde una persona o una familia acude frente a un duelo, y suelen decirlo habitualmente los hombres. Por mandatos culturales, expresar públicamente sentimientos no les está permitido. Estas formas de ser marcadas por la sociedad, “no están por fuera únicamente en lo que se dice y lo que se hace, sino que las personas los interiorizan”, explicó el psicólogo y tanatólogo mexicano Oswaldo Loera.
En el mes del Día del Padre, en Casa Khuyana pensamos en cómo viven los hombres la pérdida de un hijo o de un ser querido, y por qué tantas veces les cuesta más pedir ayuda. Algunos hombres también lo experimentan como una pérdida identitaria: el rol de protector se quiebra justo cuando más quisieran sostener, y esa fractura empuja a muchos a guardar su duelo antes que a nombrarlo. “Llorar en el baño, llorar en el parque con el perro, resulta poderoso”, comparte Loera sobre su experiencia clínica. Aunque ese dolor muchas veces se vive lejos de la mirada de otros, ese gesto pequeño ya es un primer paso hacia el permiso de sentir.
Loera estima que, de cada grupo de personas que llega a un proceso terapéutico, apenas un 4 por ciento son hombres. No es que sientan menos. El costo del mandato que llama a reprimir sentimientos puede expresarse en exceso de trabajo para sentir que se sigue produciendo, consumos para anestesiar lo que duele o en la urgencia por empezar de nuevo, como si una historia pudiera borrar otra.
Este Día del Padre, y cada día, pensamos también en quienes atraviesan la ausencia, sea de un hijo, de un padre o de un hermano, y en la importancia de recordarles que no existe una manera correcta de transitar la pérdida.
Nombrar esos mandatos que imponen el silencio puede ser el primer paso para encontrar una forma más genuina de sentir. Hay tantas formas de transitar el duelo como personas, y permitirse vivirlo, cuando toca, también es parte de cuidar la vida.